Los tres remaches de Indalecio

 

 

En la trayectoria apícola de Indalecio Armán Barcia (Buño, 1962) hay tres personas y tres circunstancias claves. La primera fue el castrador que aparecía por la huerta de la abuela, allá en Buño, donde Indalecio, cuando aún era un crío, descubrió que además de una ‘lacena’ había un ‘cobo’ con abejas, y que de allí se sacaba miel. Dulce descubrimiento, porque con el tiempo y la afición ya metida en el cuerpo acabaron siendo varios ‘cobos’ más los que producían miel en la huerta de los abuelos.

 

El segundo remache en su dedicación a las abejas también tiene origen familiar. Hacia 1981 comenta Indalecio que su padre, que compartía amistad y afición con Joaquín Rodríguez Otero, otro apicultor, trajo a casa un libro sobre la apicultura, y así pudo añadir teoría donde antes sólo había afición. Recuerda que con lo obtenido por la miel, y también con lo que sacaba como alfarero -¡es la tradición de Buño!-, disponía de fondos asegurados para sus diversiones.

 

 

Pero también hubo un periodo de crisis en la afición. Del 93 al 98, durante unos cinco años aproximadamente, Indalecio “pasó” de las abejas a causa de su trabajo como aparejador, su matrimonio y más cosas. Hasta que un buen día -y bien que se acuerda Indalecio-, Suso, uno de Langueirón, le pidió que le aconsejase sobre un alpendre donde iba a colocar colmenas. ¡Colmenas, ni más menos! Ahí revivió la pasión por la apicultura, empezando por enseñar al tal Suso al que le marcó la abeja reina para que aprendiera a distinguirla. Y aquí sigue Indalecio bien apuntalado, como uno de los miembros más activos del grupo de apicultores que se reúne en Fonteboa. JME

 
 
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