TAL PARA CUAL


Había que sacar a los dos primos a la vez. No podía ser de otra forma, porque lo contrario sería romper una tradición. Los dos del mismo municipio, Coristanco, de idéntica parroquia, Seavia, viviendo a escasos dos kilómetros y medio el uno del otro, pero de diferentes lugares y abuelos (los abuelos eran hermanos). Jaime Antelo Pena (Areixón, 1930) procede de la rama del abuelo Manuel; mientras que Antonio Antelo Pensado (Rabadeira, 1932) viene del abuelo Antonio. Y los dos dedicados a las labores del campo y abelleiros. Por eso aparecen en esta galería. De todas formas, más que lo que aquí se escriba, lo bueno es escucharles porque cuentan unas historias formidables.
      

Una comentario ofensivo

      
Jaime explica que en su casa siempre hubo abejas; es consciente que desde los 7 años ya andaba con ellas porque, entre cosas, su hermano mayor era alérgico al picotazo y él no. Además, en cuanto enfermó su padre, él tuvo que meterse más en todas las labores del campo y de la ganadería. Llegó a los 150 ‘cobos’ entre los que había en casa y tenía en el monte. Sin embargo ve con resignación que se va a romper una tradición familiar pues no detecta continuidad abelleira entre sus hijos, por ahora.

Decimos hasta ahora porque ¡vete tú a saber qué ocurre! Jaime cuenta que lo que más le espoleó para meterse a fondo en la apicultura fue el comentario que oyó, cuando hacía la mili, a unos aragoneses que al enterarse de la cantidad de enjambres que tenían y que no sacaban tanto rendimientos como para vivir sólo de las abejas comentaron refiriéndose a los gallegos: -¡Qué atrasada vive esta gente! Reconoce que aquello le dolió en lo más profundo y le llevó a comprar libros para saber más y mejorar la explotación de las abejas.
    

A recomenzar desde cero 

 

También hubo tradición familiar abelleira en el caso de Antonio, y en su caso es más probale que haya continuidad con su hijo Severino, que vive en Campolongo. Antonio no sabe precisar desde cuándo estuvo pendiente de las abejas, “de toda la vida”, dice. Pero recuerda con claridad que llegó un momento en que las perdió todas, y que no había forma de conseguir ningún enjambre, ni comprándolo porque en aquellos tiempos, por los años 60, no se vendían las abejas porque era como vender un don recibido, privarte de un regalo del cielo, como desprenderte de la buena suerte.

 

Pero se rehizo con un enjambre que localizó en un árbol, y que le entró en un cobo, y así recomenzó de nuevo hasta el día de hoy. Para Antonio, igual que casi para la mayoría de los apicultores que vienen a las reuniones de ‘Fonteboa’, su dedicación a las abejas es un “hobby”, una distracción. Pero una diversión que también lleva a contemplar el pillaje y las luchas de unos enjambres contra otros. Yo desconocía todo eso y cuando estaba contándomelo tuvimos que acabar dejándome en la intriga metida en el ánimo. Tengo que volver a hablar con él. Ya dije antes que te cuentan unas historias formidables.



José Mª Echevarría    

 

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